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Se dice que el americano Charles Fey inventó la máquina tragaperras (o tragamonedas) en 1895. En 1907 perfeccionó su producto inicial cuando se unió a la Compañía Mills Novelty que se encargaba de manufacturar el “Mills Liberty Bell”. Al principio las máquinas eran de hierro fundido hasta 1915 cuando Mills las cambió por unas de madera más baratas. En 1930, la Compañía Mills Novelty realizó una serie de cambios finales a las máquinas, que revolucionarían la industria.
Las máquinas obtuvieron aun más popularidad en Las Vegas a finales de los años 40 cuando Bugsy Siegel colocó cientos de ellas en su Flamingo Hilton con la intención de entretener a las esposas y novias de los jugadores. Es muy interesante comprobar hoy en día que la mayoría de los jugadores, tanto hombres como mujeres, son jugadores de máquinas tragamonedas.
Virtualmente, cualquiera que visita un casino, aunque sea por primera vez, conoce las máquinas tragamonedas y cómo se operan: simplemente hay que introducir dinero, tirar de la manilla y esperar unos segundos para ver si ha ganado. Uno de los aspectos más atractivos de jugar a estas máquinas es que no es un juego de los que intimida como la mayoría de aquellos donde realmente necesita algún conocimiento previo para poder jugar. Es esta simplicidad la que hace que se puedan encontrar estas máquinas en todos los casinos americanos y del mundo.
De hecho, los casinos hacen su mayor parte de dinero de las máquinas tragamonedas, con alrededor de un 60 a un 65% de los beneficios que se generan de esta actividad. Simplemente para darle una idea de la escala sobre la que estamos hablando aquí: en el estado de Nevada el año fiscal que acabó a 30 de junio de 1998, el total de ganancias de los casinos fue un poco más de 7.8 mil millones de dólares. De esta suma, algo más de 5 mil millones de dólares, (o el 64%), vino de ganancias de las máquinas.